viernes, 2 de enero de 2015

La mirada: el objeto del objeto

La miraba. Se desvanecía en mi pupila con cada parpadeo. Cada segundo que pasaba contemplándola la alejaba del insensato concepto de materia acercándola más al paradisiaco y casi excitante instante de desvanecimiento. Se volvía sombra, espectro, fantasma, el objeto del objeto. La miraba desde la contra esquina de la calle Orizaba, la contemplaba como se contempla un Picasso, la miraba con extrañeza, la miraba profundamente, hasta las entrañas, reconociendo sus concavidades y geometrías, redescubriendo los tres lunares a un costado de su ceja izquierda. Entonces cerraba los ojos, y ella se desvanecía como una figurilla de arena, la reconstruía dentro de mi cabeza, desde los parpados hasta el paladar, desde el hipotálamo hasta el cerebelo, desde el infinito hasta la nada, la unidad que se convertía en el todo. A veces he pensado que las mujeres son objetos reflectores del espíritu, uno se dedica a mirarlas como esperando algo de vuelta, a veces una bofetada, pero muy a menudo nos encontramos con nosotros, como si fueran un espejo o un claro de agua, nos encontramos postrados, hechos pedazos, que digo; pedacitos. Irreconocibles. Y pasa que cuando miras demasiado a una mujer, de repente, de golpe e inadvertidamente, te enamoras perdidamente, tanto así que uno queda irreconocible. Abría nuevamente los ojos, ella seguía allí parada, como ajustándose la coleta, como abriendo y cerrando un libro, como viendo pasar a los automóviles, como sonriendo, como loca.

Había salido de la biblioteca cuando la encontré, y para entonces llevaba demasiadas cosas en la cabeza, pero justo al mirarla recordé el fragmento de un libro… “Viajo para conocer mi geografía”, escribió un loco, a principios del siglo, en los muros de un manicomio francés… Está mujer era un viaje, un paisaje de relieves y colores azulcrema. La luz del paradero se tornó verde, ella camino, paso frente a mí por la acera de enfrente, llevaba la mirada en el asfalto, los libros bien sujetos a su pecho, como si solo ellos pudieran abrazarla y calmar sus miedos. Me dispuse a seguirla, encendí un cigarrillo, seguía sus huellas a paso lento. Las mujeres son eso, un viaje, pero jamás de regreso. Un viaje de una sola vuelta al interior del alma, caída sin fin en ese reflejo del yo desintegrado. Esta mujer, en específico, era un paisaje un poco desolado, un desierto en el que habitan coyotes y buitres, un lugar de sueños rotos y desesperanzas, aunque, hasta en el desierto más solitario, hay algún sitio en el que una flor florece, y valia la pena seguirla hasta el fin del mundo o hasta las vías del tren, con tal de saborear el olor de esa flor, sentir su textura, percibir su sutil mortalidad, su perecer infinito, su bellísima muerte. Aquí no existía nada platónico, era algo más, un sentimiento de movimiento, no sé cómo explicarlo, un movimiento de rotación, como si yo a cada paso acercándome me pareciera más a la tierra y ella con cada paso alejándose se pareciera más a la luna. Un evento que hacia moverme, esta mujer me hacía mover, me movía los huesos, me sacudía la cabeza, me azotaba el corazón. Lo vuelvo a reafirmar, aquí no existe nada platónico, aquí no existe nada platónic, aquí no existe nada platóni, aquí no existe nada platón, aquí no existe nada plató, aquí no existe nada pla, aquí no existe nada pl, aquí no existe nada p, aquí no existe nada. ¡AQUÍ NO EXISTE NADA!; me lo repetía, solo para reafirmarlo, solo para reafirmarlo…

Ella seguía avanzando, haciendo paradas ocasionales en las boutiques, se detenía y examinaba las zapatillas, los pantalones agujerados del mostrador. Se quedó quince minutos observando un vestido de novia, luego cerró los ojos, sacudió la cabeza, y toda esa cabellera amarilla volaba por el aire, volvió a reanudar el camino, caminamos, ya los dos éramos uno, yo una sombra de su sombra, el objeto del objeto, ya no era ella sino yo él que poco a poco se convertía en objeto de estudio. Antes ella, parada en aquella esquila, como haciéndose la loca, era estudiada por mí, ahora yo atrás de ella, con la vista casi totalmente paralizada en su silueta, era el objeto de estudio, era completamente extraño, una situación sin sentido, pero lo dije antes, las mujeres son un reflector, uno las mira y acaba mirándose, uno las juzga y termina juzgándose, uno las examina y acaba examinándose, esto es lo adictivo, no las curvas, no la sonrisa, no la fragancia de Chanel, no el escote o la falda corta, la capacidad de introspección que tiene un cuerpo femenino es lo que nos vuelve locos, saber de ti conforme más sabiendo más y más de ella, mirarla y mirarte. Te enamoras de la posibilidad de viajar y no regresar, te enamoras de las manos que recorren tus mejillas, de la voz que te susurra en el odio, te enamoras de la posibilidad remota de perderte entre sus pasos, de no regresar… te enamoras de la pequeña posibilidad de escapar… Ella seguía caminando, ahora ya no se detenía ni para tomar un descanso, mi respiración forzada no me dejaba escuchar mis pensamientos, pero temía que si paraba a descansar desaparecería junto con ella, entonces me las arreglaba para seguir cuando se detuvo frente a la puerta de un edificio, volteo hacia los lados y su mirada se incrusto en mí, sonrió, abrió la puerta con un leve empujón y desapareció.

Durante los siguientes minutos me quede inmóvil a unos pasos del portón en el que había desaparecido el paisaje. Pensé que sería una imprudencia entrar, seguir su rastro y tocar la puerta de su departamento, mirarla de frente… Pero no habría caminado hasta este punto si no quisiera mirarla de frente, pues camine, entre al edificio, seguí su rastro, las huellas que dejaba en el camino, para mi sorpresa todo esto me llevo hasta la azotea del lugar, y justo ahí, delante del atardecer estaba su silueta, completamente oscura por el reflejo del sol. Sombra de sombras, un haz bajo la luz opaca de un casino clandestino, la suerte de tropezar con un trébol de cuatro hojas en el camino. Parada junto al borde, jugando, tentando a algo más que a la muerte, la posibilidad del objeto… la teoría de los azares… caos… sistemas caóticos, di unos cuantos pasos, los libros que llevaba estaban a un lado mío en el suelo, su silueta iba tomando forma, color y profundidad. Esa silueta nuevamente, el cabello que se escurría por los hombros y la espalda, las delgadas piernas que salían por debajo del vestido. Tenía los ojos cerrados, estoy seguro, toda decisión difícil se hace a ciegas, porque existe la posibilidad de fallar y si es así, poder decir: “no lo vi venir”. Tenía los ojos cerrados y eran azules, estoy seguro, muy seguro. Mi vista se volvió contra los libros que estaban tirados a un lado mío. Tomé entre mis manos el primero de la pila, “Suicidios ejemplares”. Comencé a hojearlo, y de pronto, en una de las páginas la mujer había subrayado una frase: “…la vida es inalcanzable en la vida, la vida está muy por debajo de sí misma y la única plenitud posible es la plenitud suicida”. Regresé mi mirada a la silueta, que ahora se convertía en rostro, ella se volteaba poco a poco. Tenía los parpados cerrados. Lo sabía, pensé. Abrió los parpados los ojos eran azules. Lo sabía, pensé. Me miró profundamente, sonrió. Y desapareció una vez más, esta vez, tal vez, para siempre.

No estaba sorprendido por lo que estaba sucediendo. Caminé hasta el borde del edificio, mire hacia abajo, allí estaba ella, la silueta… No te enamoras de los senos o las nalgas voluptuosas, te enamoras de la posibilidad. Una mujer es una posibilidad tangible, un sinfín de posibilidades, posibilidades al infinito. No te enamoras de la ropa que viste, de la estatura o del tamaño de las mejillas, te enamoras del viaje sin maletas, del universo de posibilidades que representa la mujer, como el poder escapar, como el poder ir a la cama entre risas y gemidos, como el fumar un pitillo y no pensar en el alquitrán y el cáncer de pulmón. Como caminar sin destino, como leer sin tener que entender lo escrito. La posibilidad de morirse y encontrar la inmortalidad. No te enamoras de los ojos azules o de los libros que lee, te enamoras de la posibilidad… la posibilidad del objeto, la posibilidad de mirarla durante un periodo y no enamorarse, jurar que no estas enamorado y al final, caer enamorado. La posibilidad del objeto de convertirse en el objeto del objeto. A eso se le llama amor, amor verdadero, amor de revista, amor a lo “Romeo y Julieta”. La posibilidad de convertirse en el objeto del objeto.


Salí del edificio, la gente corría hacia el cuerpo de aquella mujer estrellada en el asfalto, las sirenas policiacas, los llantos y los gritos eran parte de la puesta en escena. Había salido de la biblioteca cuando la encontré, esperando la luz verde del paradero, cuando recordé un fragmento: “Rosa Schwarzer comprende enseguida que se trata de volver a suicidarse, en este caso de practicar el gesto al revés, un suicidio que la haga caer, no del lado de la belleza sino del lado opuesto, del lado de la vida.”



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