domingo, 17 de agosto de 2014

La puta locura





La locura abre sus puertas; y ahí estaba yo, bailando, fumando. Tequila y marihuana, ya
   Solo quedaba el recuerdo de la noche, del viento en mi cara y las náuseas. Amanecía,
      Me miré en el espejo, mi cuerpo iba a todas las direcciones al mismo tiempo,
          Era por eso que el mareo y la gran noche regresaban. A mi mente retornaba
              La imagen de esa mujer de la pantalla, la mujer camaleón que cambi-
                                                               aba
                   De forma conforme la música subía de volumen, pensaba en
                                                                la
                      Mujer que se mimetizaba con los colores de la noche, la
                          Forma femenina que tiende a la profundidad, al osc-
                             uro callejón sin salida, y para colmo estaba esta  
                                 gran cabeza de buda mirándome, esta esta-
                                    tua que brillaba junto conmigo, ambos;
                                      tratábamos de resolver el acertijo de
                                           la existencia, no quedaba más;
                                             empapado de luz rosa, verde
                                                 y   naranja, pensaba: en la
                                                    locura se brilla, se está.  
                                                          La puta locura
                                                                  Fin.                    

domingo, 10 de agosto de 2014

Delirio ocasinal

Salté entre sus ojos,
caí entre túneles de parpados, sueños y pestañas,
entre nervios y sangre.
caí por su cuerpo interminable
jugando a dibujar espirales desnudos.

Salté, arriesgándome a morir,
al vacío de su mirada, al infinito de su pupila,
durante meses y meses estuve
en un estado de caída libre.

Y justo al final del ojo, cerca del sueño
                          y de la ceguera,
 Sigo cay
               e
                  n
                     d
                        o


                                


       
                     

El recuento de los daños.


Era una mujer brillante, no me refiero a que fuera muy inteligente, sino que en verdad brillaba, era un destello en medio de las calles vacías y mal olientes. Era la lucidez del manicomio. Esta mujer que por cuestiones prácticas llamaremos: LagunasMentales, llevaba a cabo el recuento de los daños sentada frente a un escritorio ya viejo, que claramente estaba dentro de esta larga cuenta. Pero lo que ella llamaba “el verdadero recuento de los daños” ya lo había olvidado hace tiempo. LagunasMentales movía la pluma constantemente sobre la amarillenta hoja de una libreta, que lamentablemente estaba también dentro de la lista de los daños incontables. El tiempo se vuelve una postal de nostalgia, el viento ya no la quemaba. Empieza por numerar los daños de mayor a menor importancia, número uno: Pablo, número dos: Isaías, número tres: el cansancio, número cuatro: el viaje al Pacifico, número cinco: el pensamiento extraviado, número seis y penúltimo daño: la larga estancia en el sanatorio San Mateo, número siete: lo he olvidado, escribió sobre la hoja.


Era una mujer exquisita, muy linda; llena de pecas y cicatrices. LagunasMentales trataba de recordar algo más sobre los daños enumerados; recordaba sin duda el cabello de Isaías, la nariz de Pablo, la brisa de la playa… se esforzaba por recordar, pero los grandes espacios de vació en su mente no la dejaban. Trató de encender un cigarrillo pero para este punto ya se había olvidado de cómo hacerlo, ¿era algo como encender la parte amarilla y ponérselo en el oído?, sus manos comenzaban a temblar, pero también, para su miseria, había olvidado lo que era sentir miedo, ¿era algo como temblar, bailar y comer? La pobre ya no sabía cómo, ni cuando, ni dónde. Seguía mirando el pedazo de papel, pensando en quien sabe que cosas, ideas sin sentido, oraciones inconclusas… su mente era un papel en blanco, un huevo estrellado y un cristal agujerado. Sin darse cuenta, o tal vez tratándolo de olvidar, ella misma era un recuento de los daños, tan diluida estaba, que ya amaba sin rostro y sin cuerpo, se cepillaba la silueta oscura, se lavaba el vacío y recordaba la nada. LagunasMentales, esa hermosísima mujer que habría amado hasta el fin de los tiempos, ella era capaz de tomar quince tragos de coñac y permanecer en un solo pie, era capaz de tantas cosas, ahora no sabía ni posarse sobre sus dos piernas, ahora ella se preguntaba qué había pasado aunque era una pregunta sin retorno, una que se perdía entre el eco de las habitaciones de la casa. Ya no quedaba nada, quedaba ciertamente el revólver y una bala. Entonces se colocó el agarre bajo la quijada, y el cañón entre las manos, el disparo se estrelló contra la pared, y ella se tiró al suelo, dejando su cabello rojo tendido sobre la duela. Pensando que estaba muerte, que su cabello rojizo era la gran mancha de sangre, permaneció ahí quien sabe cuánto, haciéndose la muerta y la desangrada. Y esta muerte fingida, era como el punto final en la gran lista del recuento de los daños, aunque ya no lo recordaba. Digamos que todo quedo en un largo: podría ser.

lunes, 4 de agosto de 2014

Te cielo




"El corazón sólo recuerda nubes, perdidos sueños e intangibles formas!"

-César Brañas.



<<Te cielo>> Tú me escribiste tres cartas, una en un sobre amarillo, otra en un sobre azul y la última en una hoja con nubes. Escribiste: dame un beso, no me dejes, te quiero mucho, eres como una estrella fugaz. Espero que estemos juntos en nuestra locura escribiste. <<Te cielo>> Solo tres cartas, no bastaba más; azul, amarillo y nubes, me lo repito todas las noches mientras miro el cielo y pienso en ti; cuando me escribiste: “eres como una estrella” <<Te cielo>> Y entonces desaparezco entre mis pensamientos. Uno, dos, tres… contengo la respiración… ¿se puede llegar al cielo sin alas? Escribiste, ya no recuerdo que escribiste. Azul, amarillo y nubes… Otra vez desaparezco; esta vez… para siempre ¿Se puede llegar a Venecia en canoa? Escribiste: te quiero, no me dejes… <<Te cielo>> ¿Qué es eso? <<Te cielo>> ¿Cómo? <<Te cielo>> No puedo entenderte. <<Te cielo>> Olvídalo, te odio… <<Te cielo>> Ahora desaparezco entre el azul, el amarillo y las nubes de tus cartas. Trescientas setenta y nueve palabras, entre el azul y el amarillo. Doce mil leguas de tristeza submarina. Entonces tomé un pedacito de papel y escribí: Se renta paraíso en ruinas; y me eche a dormir. <<Te cielo>> y entre el recuerdo de las nubes me perdí. Perdón pero es que tengo una mujer atravesada entre los parpados. Otra vez, pienso en lo que escribiste: “espero que estemos juntos en nuestra locura” <<Te cielo>> yo también lo espero… azul, amarillo, nubes. Cincuenta mil leguas de tristeza submarina. Me sumerjo entre las líneas de tu carta, la perfecta caligrafía, la horrenda y casi nula rima. Solo somos cuando no estamos; entre extrañarnos y olvidarnos, ahí estamos… tratando, más bien superviviendo, más bien… atados; amándonos a pedazos, a parpados, a sueños, a distancias, a suicidios. <<Te cielo>> que extraña expresión, que querrás decir con esto, seguramente que me regalas el cielo, que egoísmo el tuyo, tanto cielo, tanta altitud, tanta lluvia, tantos aviones y… el único cielo que recuerdo, es ese entre azul y amarillo, lleno de nubes y letritas. Ahora yo quiero inventar una expresión, no sé si de amor… pero… ya que no me queda nada… en este instante en el que poco a poco desaparezco… solo puedo escribir algo como: <<Te Universo; no me olvides>>